Antes de cada aurora la verdad es arrollada por caminos de temple angustiado. Cada vez que el astro brilla, las almas descalzas a pura piel se elevan y desaparecen en el aire, dejando en tierra sus mandatos incumplidos. Siempre a la penumbra que esperan, descansan en celaje convencional, cada día en la villa, de tal nombre, esto es ordinario.
Veintitrés de Agosto, el único día donde las almas no regresan, despavoridas. Único día en que el tiempo varía de sutil resplandor ha acomplejado. Sitio poderoso, decido a salir, envuelve en suplicio cada movimiento del enorme terreno, millas y millas de llanto y dolor. Es esta la villa respaldada de trecientos sesenta y cuatro días de tenue felicidad, sin sentido, escaso ajetreo, correoso sonido del viento.
Él se acerca, pronto, pronto, el viene y no duda en lo que posee en las manos, se les escucha decir por las afueras del espacio.
Ya pasadas las nueve de la noche, las luces se apagan y los ojos ciegos no abren sus parpados, evitando cada destello natural que pudiera nublarles y hacerlos despistarse de él. Él extraño caballero con las manos ensangrentadas, con los pies medio arrastrados y las ropas hechas trizas, a imagen real la muda, su rostro. Cada prenda desvalida que lucía se convierte en elegancia y clase. Los habitantes ya lo saben, pero la compasión de los ojos nuevos, les borra el sentido y pierden sus existencias plenas en la villa del celaje convencional.
Aquí todo es normal para los que no saben la historia, pues, si no saben de sus raíces, no saben de él. A menor temor es la ignorancia y los sabios, ocultos en sus moradas, dan gracias de resistir el abrir de los ojos cada vez que el visita sus tierras.
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